
Cómo ya todos sabemos, los chicos se convierten en las víctimas invisibles de los conflictos de los adultos, especialmente cuando se judicializan temas como la tenencia o el régimen de cuidado. El caso de Valentín, contado recientemente en un informe de Telefe Noticias titulado “Valentín, entre la disputa de mamá y papá”, pone en evidencia una problemática profunda y dolorosa: la infancia perdida entre expedientes, audiencias y disputas interminables.
Fuente: Telefe Noticias
Una historia que se repite
La historia de Valentín es el reflejo de miles de chicos judicializados que viven durante años atrapados en conflictos entre sus padres. Convertidos en rehenes de tensiones que no eligieron, lamentablemente atraviesan su infancia en medio de una guerra de adultos incapaces de llegar a acuerdos.
Un sistema judicial que no da respuestas a tiempo, que tiende al litigio permanente y que muchas veces agrava los conflictos en lugar de resolverlos, se combina con una sociedad que todavía no logra comprender la magnitud del daño que esto genera. Mientras tanto, el concepto de familia se va desdibujando en un mundo de vínculos fugaces y vínculos rotos.
Niños que, a edades tempranas, deben aprender a sobrevivir emocionalmente como puedan, desarrollando confusión, angustia, y un conflicto de lealtades que puede marcar su salud mental para el resto de sus vidas.
Ocho años de infancia judicializada
Valentín tiene casi 10 años. Y está judicializado desde que tenía apenas 2. Eso significa que lleva 8 años —prácticamente toda su vida— inmerso en un conflicto que nadie resolvió, y en el que su bienestar nunca fue verdaderamente priorizado.
Durante ese tiempo, en lugar de recibir contención, se lo ha sometido a una exposición mediática innecesaria, llevando incluso el conflicto a la escuela: un espacio que debería haber sido seguro y protegido para él. El daño no es solo legal o institucional; es profundamente emocional.
Solo la justicia debe cambiar?
Es cierto que el Poder Judicial debe revisar profundamente sus prácticas, acortar tiempos, priorizar el interés superior del niño y dejar de judicializar lo que debería resolverse en la escucha y la mediación. Pero no basta con eso.
También como sociedad tenemos una responsabilidad ineludible: la de cambiar la mirada. La de entender que los hijos no son objetos de disputa ni herramientas de poder. La de dejar de naturalizar que un proceso de revinculación o cuidado se extienda años sin resolución. La de construir una cultura del cuidado compartido verdadero, no como una imposición legal, sino como una forma madura de ejercer la parentalidad aún en la separación.
El último recurso no debería ser el primero
La justicia debería ser el último lugar al que se recurre cuando todo lo demás falla. Hoy, lamentablemente, se ha vuelto el punto de partida. Y mientras eso no cambie, seguirán existiendo miles de “Valentinos/as” que crecen en soledad emocional, esperando que alguien, alguna vez, los escuche.
Como sociedad también debemos cuidar nuestra salud y la de quienes amamos. Si estás buscando una cobertura médica confiable, escribime y te asesoro sin compromiso.
