
Hace unos años había una publicidad de una empresa de telecomunicaciones cuyo título era “Padres separados. Internet para que todo suceda”, y mostraba a una pareja separada lidiando con las dinámicas familiares, a través de la tecnología. La madre, representada como la autoridad decisiva en la vida de la hija, controla cómo se desarrolla la relación del padre con su hija. Aunque en tono de comedia, este comercial pone de manifiesto un fenómeno ampliamente extendido: la madre como figura que decide, gestiona y, a veces, monopoliza los vínculos familiares. A primera vista, el comercial parece trivial, pero a nivel simbólico refleja una concepción arraigada en la sociedad: la madre tiene el control sobre los hijos, mientras que el padre ocupa un rol secundario, casi de visitante. Entendemos, también, existen mujeres separadas de sus hijos por cuestiones judiciales. No obstante, la incidencia de casos de hombres separados es mucho mayor a la de mujeres.
En búsqueda de respuestas a porque la sociedad naturaliza que solo las madres son las adecuadas para llevar la crianza de los chicos, me encuentro con un artículo de Alexandra Kohan, titulado “La madre, el tabú de la feminidad”, el cual da origen a este artículo.
El análisis de la autora nos invita a profundizar en este tema, desmitificando la sacralización de la madre y su papel social. La madre, al igual que la feminidad misma, no tiene nada de natural o inherente, sino que es el resultado de una construcción cultural, histórica e ideológica. El “instinto maternal” no es un impulso biológico universal y benevolente, sino una narrativa que se nos ha enseñado a aceptar como algo natural. Este instinto es una construcción que invisibiliza la complejidad de ser madre y de ser mujer.
Siguiendo a Freud y Lacan, Kohan nos recuerda que la feminidad siempre ha sido un enigma, incluso para el propio psicoanálisis. La maternidad, según Freud, puede ser una de las soluciones al problema de la feminidad, pero es una solución inestable. En otras palabras, ser madre no resuelve, ni mucho menos define, lo que es ser mujer. La maternidad deja un resto, algo que se escapa, que no puede ser absorbido por completo. En esa grieta es donde se esconde lo femenino.
Este cuestionamiento cobra aún más relevancia en un contexto de padres separados, donde a menudo el conflicto entre el rol de madre y la feminidad se agudiza. La figura de la madre a veces puede convertirse en un instrumento de poder, donde los hijos son usados como rehenes en un conflicto que gira más en torno al dinero o al control que al bienestar del niño. Este tipo de dinámica, según Kohan, no está tan alejada de la figura del secuestro: dinero a cambio del hijo, una relación de transacción que reduce a los niños a objetos de intercambio.
La mitología y la literatura también han ofrecido personajes que encarnan esta tensión entre ser madre y ser mujer. Kohan menciona tres figuras: Yocasta, Medea y Gertrudis, madres que rompen con el ideal sacralizado de la madre protectora y sacrificada. En la tragedia de “Edipo Rey”, Yocasta sonríe cuando descubre la verdad sobre su relación con Edipo, su hijo y amante. Medea, en la obra homónima de Eurípides, llega a asesinar a sus hijos como acto de venganza hacia Jasón. Gertrudis, en “Hamlet”, es señalada por su deseo sexual insaciable, lo que la coloca en una posición de madre transgresora. Estas figuras son representaciones extremas de lo que Kohan llama “la verdadera mujer”, aquella que se encuentra más allá de la madre tradicional, desafiando la moralidad impuesta.
Lo que estas representaciones literarias tienen en común es que ponen de manifiesto una verdad incómoda: la feminidad no es pasiva ni está subordinada a la maternidad. Cada mujer encuentra su modo de habitar y negociar estos roles, a menudo en tensión. Sin embargo, nuestra sociedad sigue reproduciendo un modelo binario que coloca al hombre como activo y a la mujer como pasiva, especialmente en el ámbito de la maternidad. A pesar de los avances legales y sociales, el prejuicio sigue vigente: el hombre es el proveedor, mientras que la mujer es la cuidadora. Esto refuerza el estereotipo de la madre como indispensable y del padre como prescindible, un prejuicio que aún afecta las decisiones judiciales en casos de separación.
El nuevo Código Civil de Argentina, que ya no utiliza términos como “tenencia” o “visita”, marca un avance importante hacia una mayor equidad entre padres en la crianza de los hijos. Sin embargo, en la práctica, muchos jueces siguen operando bajo los mismos prejuicios machistas que perpetúan el modelo tradicional de madre-cuidadora. Este modelo no solo es dañino para los padres, que ven restringidos sus derechos de ver y cuidar a sus hijos, sino también para las madres, que son confinadas al rol de cuidadoras a tiempo completo.
A diferencia de algunos años atrás, por acción de organizaciones que luchan por el cuidado compartido, o por la gran cantidad de casos que existen, la situación se ha visibilizado. A esto hay que sumarle la gran cantidad de chicos asesinados en situaciones de impedimento de contacto. No sabemos si alguna publicidad así podría estar hoy en televisión o en internet. Pero al día de la fecha, los chicos siguen siendo rehenes de conflictos de adultos, se los sigue manipulando y cosificando. Se naturaliza que una madre sea más imprescindible que un padre. No sé escucha a los chicos en los procesos judiciales, o se lo hace cuando el daño está consumado.
En conclusión, y sobre la base de lo expuesto por la autora, el tabú de la feminidad, representado en la figura de la madre, necesita ser replanteado y cuestionado. La maternidad no es una solución simple ni una respuesta natural a la feminidad. Ser madre no es el destino inevitable de las mujeres, y cuando lo es, la forma en que cada mujer habita esa experiencia es única. En lugar de perpetuar un modelo idealizado y esencialista de la madre, debemos abrir espacio para una comprensión más compleja, que incluya la autonomía de las mujeres y de sus hijos. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria, donde la maternidad no sea vista como una prisión ni los hijos como objetos de intercambio.
Este artículo está inspirado en las reflexiones de Alexandra Kohan en su texto “La madre: el tabú de la feminidad”: https://www.polvo.com.ar/2017/09/la-madre-el-tabu-de-la-feminidad/
